sábado, 20 de diciembre de 2008

Nunca más las volví a ver

Estábamos las tres alrededor de la mesa repartiendo el vino que nos había servido el dueño del local donde esa noche fuimos a cenar y despedirnos. Todo había llegado demasiado lejos y nos habíamos perdido en una espiral dañina que iba consumiendo cada vez más los ánimos.
Era una de esas tascas que sirven comida rápida, cerveza de importanción y buena música. Un lugar pequeño, guarida de estudiantes universatarios, bohemios y meláncolicos. Y eso nos ayudó. Nada más entrar, también en el principio del final, que era el tema que nos ocupaba, el ruido, olor y demás detalles típicos del típico viernes de novillos hizo que nos sintiéramos más cómodas, como si de alguna forma, se pudiera contrarestar la tensión entre nosotras, y confraternizar con el resto de los clientes nos contagira el ambiente distentido.
Rompimos el hielo y descorchamos la botella, nos cruzamos las miradas en modo de brindis, y sin ningún tipo de pacto previo, las tres miramos hacia la ventana, al mundo exterior, que nos esperaba por separado, era la nueva etapa que deseábamos empezar pero que, temíamos al mismo tiempo. Había que empezar a ser una y decir adiós a todos los tratados que antes habíamos firmado, estar juntas para ser fuertes; ese mismo enunciado que nos había convertido en pequeñas señoritas dependientes unas de otras, y ya sólo sabíamos empuñar el arma al unísono.
De fondo sonoba Bod Dylan con su famoso tema Knockin' On Heaven's Door, y las tres empazamos a traducir la canción y así, de vez en cuando llenábamos la conversación soltando frases incompletas convertidas al español, que luego corregíamos entre las tres para darle algún sentido. Tantos discursos, cosas a destacar, temas a resolver que se reservan para una despedida, y sin embargo, ninguna de nosotras quisimos adentrarnos en ellas.
No recuerdo cuáles fueron las últimas cosas que nos dijimos, ni tampoco lo que no me atreví a decir, sólo recuerdo el último abrazo frío que nos dimos a las puertas del bar, un te vaya bien, el sabor que dejó el vino en mi paladar, y lo que decía aquella canción. Nunca más las volví a ver:
"Más vale que empieces a despreciar tu propia sumisión enfermiza, porque estás solo. Solo contra tu líbido herida, el banco y el enterrador, para siempre, y no sería una suerte si pudieras escapar vivo de tu propia vida"llamando a las puertas del cielo.

7 comentarios:

eva dijo...

Por lo menos hubo una despedida. Ha habido gente en mi vida que ha desaparecido de golpe sin un triste adiós y que te vaya bien.
Un beso.

-.Nel.la.- dijo...

En esos momentos lo mejor es un mega-abrazo y miles de cosas antes no dichas por temor o vergüenza, eso sí, cosas que no hieran (¿para qué?)... pero pocas veces es un "final perfecto", y como dice Eva, al menos hubo una despedida, que muchas veces ni siquiera eso...

Respecto a ti... me encanta cómo describes tus sentimientos, tus historias... vengo a leerte a menudo (aunque no suela comentar), y la veradad es que sueles sorprenderme.

Gracias.

Una más dijo...

Las despedidas, nunca son fáciles.
Pero por lo menos fue civilizada.

Oscar García dijo...

Me ha encantado!
Y como dicen, mejor una despedida y un te vaya bien que un adios sin despedida.

Verónica (peke) dijo...

Hay veces que vemos a personas que solo pasan un momento y no dejan huella y otras que pasan un instante y te dejan marca para toda la vida, no????

besotes de esta peke.

pd: te espero por mi rincon con una buen taza de cafe caliente.

Mi Enemiga dijo...

Tenemos que estar preparados para cada ADIÓS pero la mayoría de veces, nos pilla desprevenidos...

noecrof dijo...

FELIZ NAVIDAD